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LLueve

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La lluvia en el crepúsculo borra el mundo despacio.
Bogando entre las sombras de confusa dulzura
el corazón se escucha latir, en el silencio
que sirve como fondo al rumor sin descanso.

Los brazos de la lluvia me duermen suavemente,
su palabra monótona me canta viejas cosas
de antes de que naciera, y es una larga sílaba
que me lo dice todo, y no me dice nada...

Bosque espeso, penumbra con formas fugitivas,
montaña de neblina que me anonada el alma,
muro gris que me ahoga sin un solo resquicio,
cielo turbio que baja a oprimirme los hombros...

El mundo lo disuelve, a fuerza de lamerlo;
después va diluyendo todas nuestras angustias
en su vago susurro... todo se apaga, suave...
...mas, de pronto, desnuda, se yergue y grita el alma.

¡Soledad prisionera del corazón con lluvia!
Las cosas ¿quién se acuerda dónde están? Sólo quedan
unos ojos que miran las sombras, mas sin verlas,
y, detrás de ese muro, el palpitar de Dios.

Se queda el corazón frente a frente consigo,
surcando los océanos abisales de lluvia.
-Le desnudó la lluvia de todo dulcemente-.
¿Qúe vago aliento agita las cortinas del agua?



Súplica y Réplica

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Súplica:

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Annette Moreno: Guardian de mi corazón.


Réplica:


El Umbral

Mírala aquí delante.
Es la playa donde empieza el extraño
mar de la realidad. Toma su mano breve
y déjate llevar sin preguntar.

Esta mirada clara
ya la habías soñado; este cabello
rubio tiene la luz de tu ilusión más niña,
y, sin embargo, nada se parece.

No te sirve, ahora tienes
que comenzar por la primera letra.
Anda, llama a tus sueños, amánsalos, resígnalos
a fermentar ya hacerse de verdad.

Y tú, sal de tu miedo
antiguo, corazón, pasa el umbral
sin agacharte, ten valor para la dicha,
acepta la hermosura; ya eres hombre.

Échate a las espaldas
tu cariño empeñado en ser amor,
tu ceguedad, tu mundo; toca a Dios en su peso,
única voz que de El podrás sentir.

Anda, obedece y calla,
porque para eso fuiste siempre niño
bueno y sumiso; haciendo la costumbre y el símbolo
de esta nueva obediencia más profunda.

Sí, ahora eres digno
de la vida. Hasta ella te ha elevado
tu soñar doloroso de adolescencia, como
una oración que pide lo que ignora.

Y no por prepararte
-ya ves todo qué extraño, qué distinto-,
sino por esa gota de nobleza en los ojos
con que vas a aprender la realidad.

Primer Poema de Amor

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Lo primero es sentir que me invade el silencio.
Huyeron las palabras, las brillantes ideas,
y apenas, niño mudo, te indico con el dedo
un pájaro, una brisa, o el día, tan hermoso.

...Al fin, querría hablarte de cosas verdaderas.
Contarte cómo he visto volar las golondrinas,
hablarte de las pocas ciudades que conozco,
de los grises pasillos de mi infancia,
sacar sueños antiguos del arca, como trajes
que quedaron pequeños, abrir los gruesos libros
de neblinosas fotos, los cromos del recuerdo
de horizontes con sierras y de tardes lluviosas.
Porque eso es lo que soy, más bien que mis palabras:
una larga memoria, sonora y palpitante.

Y aunque apenas entiendo de las cosas del mundo.
tal vez pueda gustarte saber cómo es el tiempo
visto con otros ojos; y, además, es lo único
que saqué de la vida: como el niño que vuelve
del campo, y que no trae nada que contar, sino
piedras y mariposa, y alguna lagartija...

Siempre sueño otra edad más fuerte y pura: claros
tiempos en que el poeta, sacerdotal, estuvo
en medio de los hombres, como fuente en la plaza,
con sus bueyes y viñas, su casa, rica en hijos;
sin que el traer la voz divina le arrancase
de sus hermanos, lejos, extraño y diferente.
Y me sabría igual que un pecado escribirte
de la luna, las lágrimas, el olvido y la ausencia.
Porque voy a llamarte para nombrarte esposa.

En la mano de Dios, como en una llanura
dos surcos que cobijan una sola semilla,
tal sea nuestra vida. En el campo sin bordes,
cuando cae la tarde, con una brisa leve
de soledad y frío, los desamparos juntos
de nuestras almas corran, allá, hacia el horizonte...

¡Qué bien cabes, pequeña, dentro del corazón!
Tu pelo no está hecho de sombra ni misterio,
y si hay noche en tus ojos, es una noche amiga,
como de primavera, no abriéndose a la nada,
sino con el Señor palpitando en estrellas.

Vienes primero tú, y después tu belleza
te sigue, natural comitiva; entre todo
tu racimo de dones es la luz que lo dora.

Yo ya te conocía del país de los sueños.
Tu aire de niña antigua, tu palidez de antaño,
de estarte pareciendo a tu madre y a la mía
cuando fueran muchachas, me están diciendo ahora
que es cierto todo aquello presentido que yace
en el alma al nacer; que todo es ya sabido,
que Dios hace los sueños con esa misma mano
con que crea las cosas que podemos hallar.

Si eres verdad, es cierto todo lo que soñamos.
En medio de la huida de las cosas, en medio
de la duda y la niebla, y este nunca curable
terror a la asechanza de la desgracia ignota
que nos ahogaría de pronto sin remedio,
yo acabo de encontrar algo que nada puede
quitarme; el amor éste que te tengo y que irá,
hecho huella en el alma, hasta el mar de lo eterno,
como río que llega del país del dolor.

De una vida de Santo

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Sobre su nombre y nacimiento
hasta el día de hoy no están
las historias de acuerdo: fue
desconocido y vulgar.

Cuantos le hablaban, le olvidaban
en seguida, para quedar
sin darse cuenta otro poco
más alegres, más en paz.

Quién no le pinta encerrado
en mística soledad;
quién dice que habitó en el ruido,
dejó familia y ganó pan.

Sólo nos consta que solía,
al salir de su portal,
mirar el color del cielo
y, tropezando, supirar.

Que le gustaba andar despacio,
ir silbando a ver pasar
la gente, y tenía algunas
dulces manías que cultivar.

Sin pensarlo mucho, rezaba
con costumbre de olvido ya,
confiaba y se distraía
en la vida y su zumbar.

Murió, y despertó asombrado
al encontrarse santo allá;
riega milagros pequeños
que a nadie dan nada que hablar.